Doi.
Artículo académico
Riesgo, desigualdad y discriminación. A cinco décadas de la tragedia del ciclón Liza
Risk, inequality and discrimination. Five decades after the tragedy of Cyclone Liza
Risco, desigualdade e discriminação. Cinco décadas após a tragédia do Ciclone Liza
Elino Villanueva González,1 ID. 0000-0002-6609-4121
Miguel Ángel Hernández Gómez ID. 0000-0002-2779-1119
Esmeralda Hernández Hernández ID. 0000-0002-6964-7326
Daniel Mora Magallón2 ID. 0000-0001-9334-7780
Correo principal: 14203@uagro.mx
Universidad Autónoma de Guerrero, Chilpancingo, Guerrero, México
ROR: https://ror.org/054tbkd46
Fecha de envío:29/04/2026
Fecha de Revisión: 28/05/2026
Fecha de Aprobación: 27/07/2026
Fecha de Publicación: 30/07/2026
Resumen
La noche del 30 de septiembre de 1976, a oscuras, sin electricidad ni medios de comunicación, familias migrantes de varias colonias nuevas en una ciudad boyante del norte del país se refugiaron a esperar un desenlace que ni siquiera imaginaban. El ciclón Liza, formado cinco días antes en el océano Pacífico, alcanzó categoría 4 en la escala Saffir-Simpson y dejó en unas horas más de la lluvia promedio de un año, pero ni siquiera tocó tierra en la zona. Todo pudo quedar en la experiencia, las dificultades propias después del paso de una tormenta, pero una obra defectuosa realizada por el Estado, paradójicamente para proteger sus vidas, colapsó por las deficiencias en su edificación: estaba hecha de arena y tierra, sin cimientos. Con el tiempo, el desastre se ha consolidado como el más impactante entre todos los asociados con huracanes desde que se lleva su registro, la intervención humana su causa principal. El presente trabajo surge del seguimiento empírico y testimonial de cincuenta años en la historia del país, desde ocurrida la tragedia, en un contexto doloroso de olvidos, discriminaciones, menosprecios y justificaciones políticas desde el poder frente a otros disturbios en la agenda nacional, hasta las primeras muestras decorosas de honra a la dignidad humana de las víctimas y los héroes anónimos de aquella noche trágica desde las instancias públicas. La narrativa expone, frente al desinterés común por reunir testimonios del suceso y difundirlo como un error grave, surgido del trato diferenciado, para evitar que se repita, la decisión del Congreso de Baja California Sur por honrar a los fallecidos a consecuencia de una visión sistémica del progreso económico y social.
Palabras clave: catástrofes, naturaleza, política, cambio climático, seguridad naciona
Abstract
On the night of September 30, 1976, shrouded in darkness and cut off from electricity and communication, migrant families living in several new neighborhoods of a booming northern city took shelter, awaiting an outcome they could not have possibly imagined. Cyclone Liza —which had formed five days earlier in the Pacific Ocean— reached Category 4 status on the Saffir-Simpson scale and dumped more tan a year´s worth of average rainfall in just a few hours, yet the storm´s eye never actually made landfall in the area. The event might have remained merely a difficult post-storm experiencie, but a piece of state-built infrastructure —paradoxically intended to protect lives— collapsed due to structural flaws: it was constructed of sand and earth, lacking any foundation. Over time, this disaster has come to be regarded as the most shocking hurricane-related event on record, with human intervention identified as the primary cause. This study draws on fifty years of empirical observation and firsthand accounts-spanning the period from the tragedy itself, through a painful era neglect, discrimination, and political dismissal (as other issues dominated the national agenda), to the eventual, dignified public recognition of the victims and the anonymous héroes of that tragic night. The narrative contrasts the general lack of interest in documenting the event —or in highlighting it as a grave error stemming from unequal treatment— with the decisión by the Congress of Baja California Sur to honor those who perished as a result of a systemic approach to economic and social progress.
Key words: disasters, nature, politics, climate change, national security
Resumo
Na noite de 30 de setembro de 1976, na escuridão, sem eletricidade ou comunicação, famílias migrantes de vários novos assentamentos em uma cidade em expansão no norte do país buscaram refúgio, aguardando um desfecho que jamais poderiam ter imaginado. O furacão Liza, que se formara cinco dias antes no Oceano Pacífico, atingiu a categoria 4 na escala Saffir-Simpson e despejou mais do que a média anual de chuvas em apenas algumas horas, sem sequer atingir a costa da região. Tudo poderia ter permanecido apenas uma lição, as dificuldades usuais após uma tempestade, mas uma estrutura imperfeita construída pelo governo, paradoxalmente destinada a proteger suas vidas, desabou devido às suas deficiências: era feita de areia e terra, sem alicerces. Com o tempo, o desastre ficou conhecido como o mais devastador desastre relacionado a furacões já registrado, tendo a intervenção humana como sua principal causa. Este trabalho parte da análise empírica e testemunhal de cinquenta anos da história do país, desde a época da tragédia — um contexto doloroso de negligência, discriminação, desprezo e justificativas políticas por parte daqueles no poder, em contraste com outras perturbações na agenda nacional — até as primeiras demonstrações dignas de respeito à dignidade humana das vítimas e dos heróis anônimos daquela noite trágica por parte das instituições públicas. A narrativa expõe, diante do desinteresse generalizado em coletar testemunhos sobre o evento e difundi-lo como um grave erro resultante de tratamento desigual, a decisão do Congresso da Baja California Sur de homenagear os falecidos como consequência de uma visão sistêmica de progresso econômico e social.
Palavras-chave: desastres, natureza, política, mudanças climáticas, segurança nacional
Vida, tiempo y lecciones
Los triunfos o malandanzas de los grupos humanos suelen sopesarse con mayor solvencia en la diacronía del tiempo irreversible por lustros, décadas o centurias. Pero esa línea también juega en contra, pues se pierden factores objetivos. Peor aún, si el contexto incorpora olvidos, falta de memoria histórica, desdén por cosas importantes, discriminación y desigualdad. Eso ocurre en desastres asociados con fenómenos naturales de origen hidrometeorológico. La confirmación, reflejo de la realidad del país en el manejo de su agenda pública, es la catástrofe ocurrida la noche del 30 de septiembre de 1976 ligada con el ciclón Liza.
La tragedia que marcó la historia del país y de La Paz, capital del entonces naciente estado de Baja California Sur, habrá cumplido en 2026 medio siglo. Con el tiempo, en la línea que debiera guiar el análisis del devenir de una nación con variedad de ecosistemas, dependientes de la recarga de mantos acuíferos a partir de lluvias temporales prodigadas por huracanes, fortalece su carácter icónico entre los desastres relacionados, ante todo por la intervención humana como la causa mayor de su dimensión brutal.
Este trabajo completa una labor de varias décadas en reunión de documentos, testimonios vivos, datos, entrevistas, publicaciones, ponencias, recorridos, conferencias, foros y aportes en propuestas legislativas, a fin de perpetuar un momento disruptivo que, por sí solo, en el silencio atronador de su presencia ausente, echa en cara a la sociedad, a sus semejantes, del nivel de la autoridad al de los vecinos de un país identificado por gestos admirables de solidaridad colectiva, la discriminación sorprendente a la dignidad de las víctimas.
El escrito muestra, a cincuenta años de la tragedia, como acto de justicia por cientos de fallecidos: niñas, niños, jóvenes, mujeres, adultos, ancianos, quienes, en su mayoría, ni siquiera supieron que sus hogares se asentaban en lechos de arroyos del desierto (Villanueva, 2025) a los que las lluvias de los ciclones tornan ríos procelosos, que si la agenda nacional funcionara bajo principios de las ciencias de la vida y criterios de prevención de crisis, antes de que estallen, en lugar de tratar de corregirlas a destiempo, no se perderían tantos recursos ni vidas ni bienes.
Una muestra en favor de la verdad, la resiliencia, el respeto de ciclos y entornos vitales, el disfrute del derecho a un medio ambiente sano y la honra a la dignidad y derechos de víctimas de desastres ligados con fenómenos naturales, ante todo contra la discriminación y la desigualdad, es que, si los tomadores de decisiones asumieran su rol por convicción, se podrían asumir medidas encaminadas a fortalecer el capital social y la calidad democrática (Villanueva, 2024b), evitando diferenciar entre unas tragedias y otras, unas víctimas y otras, unas vidas y otras.
Un mérito del trabajo es publicar como logro del enfoque por las ciencias de la vida una acción primigenia humanista en honra de los fallecidos: declarar 2026 año de las víctimas y héroes anónimos (Congreso de Baja California Sur, 2026a), e inscribir la fecha del desastre en el Muro de Honor (Congreso de Baja California Sur, 2026b). Así, se cierra medio siglo de reclamos desde sitios y recuerdos, cuando, pasados los primeros veinticinco años, en 2001, se presentó la tesis inicial: “Historia de los huracanes en Baja California Sur. El caso del ciclón Liza”.
Esa investigación de la Maestría en Historia Regional en la Universidad Autónoma de Baja California Sur, publicada en 2004 como libro, fue el principio de dos nuevas ediciones, en 2025, una del Archivo Histórico Pablo L. Martínez, del Instituto Sudcaliforniano de Cultura, y otra de la Red para el Fortalecimiento de la Resiliencia en Gestión de Riesgos de Desastres, de la Universidad Autónoma de Guerrero, con la UABCS y la Universidad Internacional de La Paz, ambas por concurso y selección, casi única fuente histórica, académica, científica, para dar cuenta y razón de uno de los momentos más traumáticos marginado de la historia nacional.
Recuentos de la memoria
Por más de dos décadas, el desastre ligado con Liza permaneció en el olvido. Nada raro en una región como la península de Baja California, en este caso del paralelo 28 al sur, un territorio convertido a estado entre 1974 y 1975, considerado, justificadamente, “El otro México”, por sus diferencias con el resto del país. En la práctica, fue “tierra de castigo” (Villanueva, 2025) para personas indeseables en ciertos ámbitos, incluso políticos y burocráticos, para alejar enemigos. Esas situaciones lastimosas, discriminatorias, aportaron a configurar una identidad sociocultural más compleja a las del resto de entidades, al país mismo.
Por ejemplo, sólo tiene una frontera con un vecino: Baja California, al norte, en cientos de kilómetros de desierto. Apenas hay una carretera troncal, se ubica en los niveles más bajos de precipitación promedio por año, las fuentes de agua superficial son mínimas, su poblamiento fue en extremo singular y es prácticamente una isla. A contrapelo de otros estados, sus antiguos habitantes —pericúes, guaycuras y cochimíes— se extinguieron por el cambio de hábitos durante la evangelización de los jesuitas, de 1697 a 1767, por lo cual tampoco hay etnias primarias. Así, tiene una de las configuraciones más cosmopolitas en su mortero genético.
Es la entidad más aislada, rodeada por mar en su mayor parte, factor de alta marginación, discriminación y desigualdad, pues las decisiones políticas y económicas del Estado se aplican sin considerar el interés local, los altos costos que tiene vivir en poblaciones del desierto, lejanas, por ejemplo, en cuanto al abasto de productos básicos. Cualquier artículo paga flete por transporte marítimo o aéreo, sumado al traslado terrestre.
Hasta 1974, sus leyes y reglamentos se basaban en los del Distrito Federal, y el derecho a elegir autoridades, si bien tuvo ejercicios en la primera mitad del siglo pasado, no fue sino hasta 1975 cuando nombró gobernador a Ángel César Mendoza Arámburo, en el sexenio del presidente Luis Echeverría Álvarez (Villanueva, 2025), luego de movimientos civilistas por la autonomía.
Las oportunidades negadas
Por esas razones físicas y subjetivas, reales y evidentes, en el consciente del sector nativo siempre hubo un dejo de recelo hacia corrientes de migrantes que se incorporaban a la sociedad hasta llegar a una avalancha de arribistas (Arámburo, sf). Las expresiones hacia los recién llegados, víctimas ya de la desigualdad prohijada por el sistema capitalista, tenían perfil discriminatorio, ofensivo (Villanueva, 2025), con adjetivos denigrantes.
El hecho es que las medidas dispuestas entonces por el Gobierno central, como parte del proceso de conversión de territorio a estado, permitieron su bonanza. La asignación del régimen fiscal de “zona libre”, que eximía pago de impuestos por importar artículos “fayuca”, atrajo más personas desde “el interior”, igual que la apertura del Servicio de Transbordadores para unir mediante cabotaje con la contracosta y la construcción de la carretera transpeninsular Benito Juárez (Villanueva, 2025) que enlazó en mil 500 kilómetros el norte con el sur.
La sociedad “nativa” recibió con agrado esa visión justiciera, pero tomó con reservas la llegada de miles de familias. Como fuera, los nuevos colonos eran un mal necesario, parte del costo por el impulso del progreso, en su visión replicante del modelo capitalista, consumista y depredador. Más temprano que tarde hubo consecuencias del alineamiento eufórico del estado y su clase política a la promoción del turismo como motor económico, en la línea del despegue del puerto de Acapulco, Guerrero, que para entonces ya tenía problemas severos por su crecimiento desordenado. El desastre asociado con Liza vendría a ser la primera narrativa realista, cruda, del grado de anarquía alentado por ese concepto del desarrollo.
El ambiente de Acapulco como pueblo tropical había hallado atractivo, terminada la Segunda Guerra Mundial, sobre todo para visitantes de Estados Unidos deseosos de sitios para desfogar energías, encontrar reposo y realizar actos que en su país estaban penados, pero aquí se podían realizar sin miramientos. Ese esquema se aplicó a otros sitios de playa. Así surgirían Cancún, Huatulco, Ixtapa-Zihuatanejo, Puerto Escondido, Vallarta, y en Baja California Sur el corredor entre San José del Cabo y Cabo San Lucas: Los Cabos, y al norte, Loreto y Nopoló, con La Paz como eje impulsor. Los polos turísticos (Villanueva, 2024a) serían imán para corrientes de migrantes pobres en busca de oportunidades negadas en sus pueblos.
El apoyo fue tan grande que el estado cuenta con tres aeropuertos internacionales: Loreto, La Paz y San José del Cabo. En ese escenario ocurrió el desastre relacionado con Liza, al inicio de la época moderna. La tragedia del 30 de septiembre de 1976 vino a evidenciar la falta de planeación y atención de elementos básicos en el impulso del desarrollo turístico, sobre todo el obligado equilibrio con el entorno ecológico y el trato digno a la base social.
El desenlace fue traumático, porque ocurrió a pesar del ejemplo de Acapulco, asfixiado por vicios e inercias flagrantes, evidentes y soterradas (Villanueva, 2024a), que tendrían punto climático al cumplirse cincuenta años de la gestación de aquella catástrofe: la medianoche cruenta del 25 de octubre de 2023, con el embate del memorable huracán Otis.
Ese medio siglo de historia entre el ciclón Liza, de La Paz, al norte, y el mítico Otis, de Acapulco, en el sur, siguió líneas similares: falta de memoria (Villanueva, 2025), olvido, desdén, agresión al activo natural, irresponsabilidad activa y omisa con el planeta, la casa común, y la discriminación de la desigualdad con el acto de confabulación subjetiva de los nativos hacia sus vecinos en desgracia a los que pasada la tragedia se llamó, sin pudor, “muertos ajenos”.
Las reservas del pasado
El estudio del desastre asociado con Liza siempre pretendió ser un aporte a los ámbitos especializados en abordaje teórico y metodológico de crisis asociadas con fenómenos naturales, ante la visión del suceso como cuestión sin sentido de condolencia, lejana. A cincuenta años, no hay más de un trabajo histórico específico sobre la tragedia, una colección de cuentos, un libro de crónicas literarias, una producción audiovisual estudiantil, un video aéreo tomado al amanecer, ciertos textos alusivos y, eso sí, muchas versiones y opiniones disparatadas en redes sociales.
En el primer aspecto, al comienzo del siglo las investigaciones sobre disturbios ligados con fenómenos naturales ya mostraba un “boom” por la preocupación de científicos y expertos. La Organización de Naciones Unidas creó instancias y programas a fin de generar un aparato conceptual y desarrollar trabajos en los cuales los fenómenos y sus saldos asociados no fueran sólo referencias, sino objetivo central. Los aportes reconocían la existencia de un gran vacío teórico para interpretar histórica y socialmente los desastres ligados con fenómenos naturales. Las humanidades y la historiografía les dedicaban poco espacio. El objetivo urgente era disponer de elementos de análisis en torno de la mitigación de daños por las emergencias.
Se les llamaba “desastres naturales”, cuando la fase catastrófica no tiene relación con la naturaleza, sino con la intervención humana, por el aumento de factores de vulnerabilidad de las comunidades al propiciar la invasión del entorno, de los ecosistemas, y provocar así la ruptura de sus ciclos y su equilibrio, su preservación. En todo caso, había que definir con claridad en qué momento se empezaba a gestar el desastre (Calderón, 2000) hasta sus efectos.
Así, se ha ido definiendo con mayor claridad que la presencia de fenómenos naturales y su embate en áreas urbanas efectivamente desencadenan los daños en instalaciones y bienes, pero no como causantes (Calderón, 2000) de los mismos, sino momentos climáticos en los que se detona una serie de desajustes en el plano social, ocultos o superficiales, en todos los sentidos, desde la cultura misma, hábitos, costumbres y tradiciones, una multitud de pequeños desastres que desembocan en una catástrofe mayor, pero de la cual la responsabilidad es del ser humano, no de la naturaleza, como se decía al principio y, desafortunadamente, se sigue diciendo.
Esto es, que el desastre resultará de una combinación de varias etapas que van desde la amenaza por la presencia de los ciclones, la cual, además, es cíclica, de mayo a noviembre, el peligro, que resulta de aquella y la vulnerabilidad configurada por el ser humano, con acciones en contra del entorno, y la “convolución” (Cardona, 2001) de factores del potencial destructivo. Por supuesto, la magnitud de daños tiene relación exponencial con las condiciones socioeconómicas, como la desigualdad, que afecta a las personas más desprotegidas, en el caso que nos ocupa, la comunidad migrante, con peores efectos en áreas con índices bajos de calidad de vida.
Para efectos y soporte de este trabajo, al cumplirse cincuenta años de la tragedia, en el marco de las ciencias de la vida, se muestra la línea que sigue la experiencia o el conocimiento, empírico o científico, en favor o en contra de un grupo social, como forma de ejercicio de poder o de dominio, simplemente de supremacía ante lo diferente, la falta de alteridad, la discriminación flagrante hacia la desigualdad, a pesar de tratarse de poblaciones con una misma identidad.
Por fortuna, hay en despliegue una agenda social, política y legal hacia la no discriminación, concepto que aplica a la diferenciación hacia los demás por diversas razones, en este caso de orden sociológico, dado el origen “externo” de los arribistas, si bien, como se explicó, la población local tiene composición cosmopolita. No es extraño observar que un grupo históricamente discriminado descargue el sentimiento hacia otro marcado como riesgo de desplazamiento en oportunidades, uno de tantos ejemplos de la “poderosa historia discriminatoria” (Rodríguez, 2023: 13) en un país, por lo demás, pluriétnico y multicultural.
Pasados el cuarto de siglo del inicio de la investigación y cincuenta años del desastre, esa oleada de discusión internacional sobre la agenda de no discriminación, de derechos de grupos excluidos y subalternos y de crítica de las formas de dominio de la condición cultural y simbólica, nos permite colocarla, en una nueva visión por las ciencias de la vida, como caso extremo de “forma de desigualdad y dominio político” (Rodríguez, 2023: 14), por encuadrar en el peligro que en ese momento representaba, a partir de los estigmas y prejuicios, la avalancha migratoria febril sobre la incipiente clase política local, al erigirse Baja California Sur en nuevo estado.
Así, se aporta a la consideración de una injusticia discriminatoria, un caso elocuente en la “evidencia de una forma estructural de injusticia: la existencia histórica de la discriminación”, del Estado a una región aislada, primero, y luego de la población “nativa” hacia la comunidad migrante, esto es, “la dimensión social, pautada, histórica, colectiva y sociosimbólica de la experiencia de la discriminación” (Rodríguez, 2023: 16), como un fenómeno sistemático, en el cual, la urgencia de eliminarla constituye “un proyecto social equivalente a una política de Estado en el nivel nacional y de derechos humanos en el ámbito global” (Rodríguez, 2023: 16) por una convivencia sana.
A toro pasado, la tragedia asociada con Liza, en todos los aspectos de su dimensión, por encima de los demás desastres, no es más que reflejo de la “profunda y persistente desigualdad que caracteriza a nuestra región” (CEPAL, 2016: 7) latinoamericana. Un fenómeno complejo en sus causas, características y mecanismos de reproducción, la clase social o el estrato social como “el primer y más básico determinante” (CEPAL, 2016: 7) de sus expresiones.
El otro aspecto tenía que ver con la parte metodológica. Una disyuntiva planteada fue cómo entrarle a realizar el estudio de un hecho relativamente reciente, cuando todavía estaban vivos actores relacionados directa e indirectamente con la tragedia. Si se vale la analogía entre la ocurrencia de desastres y el análisis de una situación disruptiva que a la larga mostraría como su causa principal la intervención humana, eso configuraba, justamente, su propia serie de riesgos, peligros y vulnerabilidades: la decisión de hablar o no del tema por los testigos.
A la vuelta de veinticinco años, valió la pena enfrentar los retos. De forma abierta o bajo la mesura, se empezaron a reunir recortes de periódicos, testimonios, documentos, y se planearon doscientas entrevistas. En medio de la negativa a hablar más allá de lo anecdótico, para un trabajo científico, surgían hilos que permitían formar las hebras de una narrativa que a veinticinco años es, en la práctica, la única fuente documental multidisciplinaria sobre esa noche trágica.
El trabajo evolucionó no sólo como recurso para dar cuenta y razón del drama asociado con Liza, su proceso de gestación y detonación, sino que el atrevimiento se reforzó con nuevas consultas y publicaciones. Con los datos, entre ellos los archivos de la Tercera Zona Militar, parte activa en la gestión del desastre, sobre todo en momentos críticos, se reconstruyó de forma activa un momento traumático con aportes de quienes lo vivieron.
La claridad del menosprecio
La tragedia ligada con Liza resultó de los incidentes con mayor cobertura en Estados Unidos y México. Noticieros de radio y televisión, impresos, revistas, informativos en todos formatos pusieron a trabajar a corresponsales o asignaron enviados especiales para hacer la cobertura de las escenas tras el colapso del bordo “de protección”. Pero fue el desastre que más rápido se les olvidó: al Gobierno, a la sociedad, a la prensa, a la academia, a la nación, a todos.
La obra no resistió la acumulación del agua arrastrada por los arroyos desde la sierra de Cacachilas, con cauce principal en El Cajoncito y derivación en El Palo y la red de escurrimientos que atraviesan de oriente a poniente la ciudad, asentada sobre aluvión (Villanueva, 2025), en el que los caudales pueden tomar cualquier rumbo, con elevaciones de hasta novecientos metros y una distancia fatal de apenas cincuenta kilómetros para desfogar en la bahía.
Era la crónica de una catástrofe largamente anunciada, que algunos llamaron “masacre”, por los motivos descritos. Las autoridades y la población nativa sabían del peligro que enfrentaban los inmigrantes. Hubo advertencias puntuales, por escrito, a las que instancias y funcionarios no hicieron caso (Villanueva, 2025) porque no quisieron.
La gente fuereña no sabía que los terrenos que les asignó el Ayuntamiento eran lechos de arroyos naturales bravos en el recuerdo de lugareños (Villanueva, 2025). Nadie se los dijo, al menos no con la pertinencia del caso. En el extremo de paradojas brutales, algunos robaron piedras puestas encima del bordo para simular su firmeza y las ocuparon como material de construcción.
La serie de errores parece, a estas alturas, planeada para su saldo brutal. Militares y personal de Gobierno pedían a los nuevos vecinos trasladarse a los refugios, pero la mayoría no quiso, por dos razones: una, quedarse a cuidar su patrimonio, y otra, la extraña sensación llamada en este trabajo “Síndrome del Vecino Seguro (SVS)”, en el cual cada familia se percibe protegida porque sus vecinos así se sienten, por ese motivo, y así los demás, hasta crear esa sensación común. La población nativa y la arribista se refugiaron al caer la noche a esperar que pasara un ciclón cuyo centro ni siquiera tocó tierra en la península: pasó a cincuenta kilómetros de Punta Arenas, en la zona de Ensenada de Muertos (Villanueva, 2025), en la costa del golfo de California.
Entre las ocho y media y nueve de la noche se escuchó un estruendo que, entonces, los ciudadanos nativos debieron asumir, pero los vecinos recién llegados, sin conocer el entorno, no dilucidaron. Sus casas comenzaron a inundarse de agua, arena, piedra, lodo, ramas, árboles, todo tipo de materiales. Algunas construidas con materiales resistentes aguantaron más tiempo, incluso varias siguieron en pie, pero otras, la mayoría, fueron arrastradas por la corriente.
El caos lo invadió todo. Hubo gente que se refugió en azoteas, pensando que el peligro pasaría pronto, pero las casas cedieron y fueron arrancadas con todo y familias. Colonias de la parte profunda, como Indeco y Benito Juárez, se fueron casi completas en el torrente. De ciertos sitios no quedaron ni rastros, pues la sección inundada quedó como llano. El panorama al amanecer era patético, estrujante (Villanueva, 2025). Sobre la planicie dejada por la avalancha se alcanzaban a ver, sobresaliendo, extremidades de cuerpos en la arena, entre el lodo.
El gobernador Ángel César Mendoza Arámburo y el presidente Echeverría, quienes habían asistido a Mexicali, Baja California, al informe del mandatario Milton Castellanos, enterados del desastre, volaron a La Paz para recorrer la zona e intervenir en la emergencia.
Los gestos de solidaridad fueron inmediatos, igual que las acusaciones sobre los culpables de la tragedia (Villanueva, 2025). Hubo publicaciones con nombres de funcionarios ligados con la construcción del bordo deficiente, pero nunca los castigos obligados.
Se integró una comisión de senadores y diputados que investigara las acusaciones, y se ordenó al procurador, Pedro Ojeda Paullada, que abriera una indagatoria (Villanueva, 2025) a fin de aclarar hechos. Ni una ni otra de las órdenes dieron resultados y lo que se hizo fue culpar de la catástrofe a la fuerza descomunal e imprevista de la naturaleza.
El desastre y el ciclón pasaron a formar parte del recuerdo, especie de cicatriz vergonzosa preferible de olvidar. El último gobernador del territorio, Félix Agramont Cota, responsable de gestionar la obra fallida, admitió que los casos dolorosos es mejor olvidarlos porque todavía había quienes tenían “expuesto el pellejo” (Villanueva, 2025) y podría haber consecuencias. El primer gobernador del estado, a su vez, dejó de referir el tema a partir de su tercer informe.
Así transcurrieron los primeros veinticinco años después de la tragedia, hasta que en 2001 se presentó la tesis “Historia de los huracanes en Baja California Sur. El caso del ciclón Liza”, con las reservas citadas. A los tres años, en 2004, se publicó como libro, y al cumplirse el medio siglo ya hay dos ediciones más, como fuente de consulta académica, científica.
Con el contexto en contra, el tiempo fortaleció el proyecto, y de la reserva inicial, el desastre ligado con Liza pasó del olvido incomprensible a su papel protagónico como el cataclismo más icónico, por la intervención humana como su causa mayor, pues, a diferencia de otros ciclones, no tocó tierra en el área: la tragedia resultó del bordo mal hecho.
Se hizo una revisión analógica con otros eventos, a partir del huracán Janet, de 1955, en Quintana Roo, su capital, Chetumal, como zona más afectada, y ese mismo año los ciclones Gladys e Hilda, también en Tamaulipas y Veracruz, en el complejo petroquímico de Tampico, Altamira y Ciudad Madero (Crónica de Xalapa, 2025), donde la cantidad de víctimas fue elevada, lo mismo que en Colima y Jalisco, de 1959, con daños en Minatitlán, Cihuatlán y Manzanillo, y en la Costa Grande de Guerrero, en 1961, donde Tara se asocia con la destrucción de Nuxco.
En cuanto a los posteriores, se destacan en la península de Yucatán y Monterrey, Nuevo León, en 1988, Gilberto, igual que en 1997, Paulina, en Acapulco, y no se diga Íngrid y Manuel, en 2013, en la mayor parte de estados, principalmente Guerrero, Odile, en 2014, en Los Cabos, y cierra el período Otis, de 2023, en el puerto de Acapulco, además de John, en prácticamente todo el estado de Guerrero, en septiembre de 2024, al año siguiente.
En tales casos, los fenómenos azotaron centros urbanos interpuestos en su trayectoria. En el caso de Liza, su vórtice no tocó tierra, el punto más cercano de referencia se ubica a cincuenta kilómetros, en la costa, y otros cincuenta de la ciudad, es decir, cien kilómetros de distancia, a pesar de lo cual es “uno de los huracanes que causaron mayor desastre y pérdidas humanas en nuestro país en los últimos 30 años” (Cenapred, 1994: 9) por las consideraciones descritas.
Una situación compleja de documentar fue el número de fallecimientos, pues en la gestión del desastre se salió de control y las referencias tomaban perfiles disparatados, de dos mil hasta treinta mil. Al final, el Centro Nacional de Prevención de Desastres ubica el saldo en “situaciones que pueden calificarse como catastróficas, como la de la ciudad de La Paz, en 1976 (5 a 10 mil muertes)” (Cenapred, 1994: 2), cifra elevada para una ciudad de ochenta y cinco mil habitantes.
En los hechos, “es la inundación en que han ocurrido el mayor número de pérdidas humanas” (Cenapred, 1994: 10), familias pobres, migrantes, atraídas por el desarrollo. También figura como causa el terreno, pues “en zonas semidesérticas, las inundaciones son menos frecuentes (y) suelen olvidarse, (así) que cuando ocurren, los problemas que causan son mayores, (pero, ante todo, que derivaron de) la insuficiencia de las obras de almacenamiento y control, originadas por la falla de un bordo de protección” (Cenapred, 1994: 19) construido para resguardar la ciudad.
Con todo y la magnitud de la tragedia, el sacrificio de cientos de personas no fue suficiente para fortalecer las medidas preventivas, pues el Sistema Nacional de Protección Civil no vino a instituirse sino hasta 1986, gracias a la presión social ante la intervención tardía del Gobierno para gestionar la catástrofe, relacionada, en ese caso, con los sismos de septiembre del año anterior, que, fuera de la lógica, se repetirían en la misma fecha, con diferencia de algunas horas, en los años 2017 y 2022, aunque con menores afectaciones y pérdidas de vidas.
El Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) vendría a erigirse en 1988 como órgano técnico del Sistema Nacional de Protección Civil. Con todo y esas instancias, otros eventos posteriores exhibirían el descuido común, desde los niveles de autoridad al plano social, de lo individual a lo colectivo, con la falta fatal de memoria histórica como la causa mayor.
Una década después se instituiría el Fondo Nacional de Desastres (Fonden), que, a su vez, expondría otra inercia perniciosa de nuestro sistema político: la duda en el manejo de los recursos públicos, pues la vida de dicho órgano no llegaría a veinticinco años: fue extinguido en 2021, invadido por el cáncer de la corrupción.
Entrado el país, con el siglo, a la alternancia democrática, han ocurrido situaciones que evidencian un panorama poco alentador: a los gobiernos de todos los partidos políticos, no les interesa realmente como prioridad la prevención de desastres y la gestión de riesgos, sino el pragmatismo en el acceso al poder. Eso justifica el recurso socorrido de culpar a la naturaleza (Villanueva, 2024a) de daños asociados con tormentas.
Eso pasó con el desastre asociado con Paulina, de 1997, en Acapulco, cuando el presidente Ernesto Zedillo aseguró que el fenómeno era impredecible, mismo argumento de Luis Echeverría tras la tragedia de 1976 en La Paz, idéntica justificación de Enrique Peña Nieto en el embate de Manuel, en Guerrero, en 2013, similar pretexto de Andrés Manuel López Obrador, en 2023, con Otis, en Acapulco, agregado John, de septiembre de 2024, con sus propias circunstancias.
Un caso lamentable, por absurdo, ocurrió entre la tormenta Manuel, que interactuó con el huracán Ingrid, en 2013, y Otis, que en 2023 azotó Acapulco. La primera ocurrió durante uno de los “puentes” de asueto nacional, así que Acapulco tenía reservados todos sus hoteles. Las lluvias fueron tan copiosas que cortaron las carreteras. La urgencia mayor consistió en establecer un puente aéreo de emergencia para sacar del puerto a más de cuarenta mil turistas varados.
El mismo problema ocurrió diez años después, con Otis: más de cuarenta mil turistas, igual que en 2013, se quedaron varados. Sus vacaciones se estropearon, y la urgencia de las autoridades fue abrir, de nuevo, increíblemente, un puente aéreo para regresarlos. La lectura es obvia, fatal: las autoridades no avisaron sobre el riesgo, los empresarios no cancelaron reservaciones y los turistas, como ciudadanos, no consultaron los pronósticos del tiempo en sus teléfonos inteligentes.
Contrario a esa lógica, los diputados sudcalifornianos aprobaron un decreto con el cual se declara 2026 año del desastre asociado con Liza (Congreso de Baja California Sur, 2026a) en honor a las víctimas y héroes anónimos. Otro decreto instituiría un acto sin precedentes en la lucha en favor de los derechos humanos y la dignidad de las víctimas y los héroes anónimos: inscribir con letras doradas (Congreso de Baja California Sur, 2026b) en el Muro de Honor el lema “Ciclón Liza: 30 de septiembre de 1976”, en honra de cientos de personas que perdieron la vida.
Dicha acción se coloca a la vanguardia en el esfuerzo obligado desde las instancias públicas y de la sociedad por cambiar paradigmas que consideran naturales los desastres, pues son resultado de la acción humana, por la ruptura de ciclos y entornos. Destaca que por primera vez en la historia de las legislaturas del país se establece la honra a la dignidad y derechos de cientos de víctimas, en un contexto nacional en el que los homenajes tienen tinte político y subestiman hechos relacionados con errores de la convivencia humana con la naturaleza, el planeta, la casa común.
Dichas resoluciones forman parte de propuestas del Cuerpo Académico 217 Democracia y Sociedad y del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Autónoma de Guerrero, a fin de emprender acciones por la resiliencia de las comunidades ante la amenaza constante de los fenómenos naturales, al valorar y recordar a las víctimas (Frausto-Martínez, et al, 2024), como actos posteriores al desastre para alcanzar una recuperación menos traumática.
Conclusiones y aportes
Un cuarto de siglo después de iniciada la documentación de la catástrofe asociada con el ciclón Liza, desde la Maestría en Historia Regional de la Universidad Autónoma de Baja California Sur, se mantiene la convicción en el sentido de que la carencia de memoria histórica sigue siendo el principal desafío en la gestión de riesgos de desastres ante la amenaza de fenómenos naturales hidrometeorológicos, y que la prioridad en el camino de la resiliencia ante su presencia cíclica es la difusión de acciones encaminadas a asumir una cultura de protección civil.
Si en cincuenta años, durante la primera mitad el recuerdo de las víctimas: niñas, niños, jóvenes, mujeres, hombres, adultos, deambuló entre la persistencia de notas periodísticas, cada año, o en momentos alusivos, archivos y testimonios de sobrevivientes, relatos en familia o con amigos, o guardados en la conciencia, cumplida la segunda parte se tiene una acción pública contundente: la decisión unánime de los diputados sudcalifornianos por honrar en su dignidad a quienes murieron aquella noche trágica instituyendo la fecha y el recuerdo para siempre.
La historia y la conciencia hacia el futuro, a fin de empezar a cubrir la deuda ambiental con las nuevas generaciones, definirá si fue poco o mucho el tiempo para configurar señaléticas del riesgo oportunas, estrategias pertinentes de intervención, planes de recuperación solidarios. Los datos presentados por primera vez en esta narrativa muestran que sí se puede, si cada quien asume su aporte a una sociedad y un mundo mejores, resilientes, podemos avanzar con pasos firmes en fortalecer el capital social, la calidad democrática y los derechos humanos.
Agradecimientos
Gracias a la Red de Estudios de Desastres Asociados con Fenómenos Hidrometeorológicos y Cambio Climático, la Red de Investigación para el Fortalecimiento de la Resiliencia y Gestión de Riesgos de Desastres en Guerrero, la Academia Mexicana de Impacto Ambiental, el Colegio Mexicano de Profesionales en Gestión de Riesgos y Protección Civil, las universidades Autónoma de Guerrero, Autónoma de Baja California Sur e Internacional de La Paz, pero destacadamente al Congreso de Baja California Sur, por rememorar dignamente la tragedia del 30 de septiembre de 1976 en la ciudad más hermosa del país.
Subrayadamente, a la Revista Tlamati Sabiduría, de la Dirección General de Posgrado e Investigación de la UAGro, por abrir este espacio y dedicarlo a recordar el desastre asociado con el ciclón Liza, al cumplir cincuenta años, y con ello aportar a la lucha en contra del olvido, por la verdad, la justicia, la honra a las víctimas y héroes anónimos, el derecho a un medio ambiente sano, el fortalecimiento del capital social y la calidad democrática y, en general, a difundir la idea de que sí podemos ser felices viviendo la vida de forma diferente a como la viven muchos otros, que sí hay, sí existe, sí podemos tener… ¡Otra forma de ver el mundo!
Referencias
Arámburo, F. (SF). Siluetas de Sudcalifornia. Editorial Siluetas, La Paz, BCS, México.
Calderón, G. (2000). La conceptualización de los desastres desde la geografía. Revista del Colegio de San Luis, Año II, No. 6. El Colegio de San Luis. https://colsan.repositorioinstitucional.mx/jspui/handle/1013/1249
Cardona, O. D. (2001). La necesidad de repensar de manera holística los conceptos de vulnerabilidad y riesgo. Una crítica y una revisión necesaria para la gestión. Centro de Estudios sobre Desastres y Riesgos CEDERI. Universidad de los Andes. Bogotá, Colombia. https://www.desenredando.org/public/articulos/2001/repvuln/RepensarVulnerabilidadyRiesgo-1.0.0.pdf
Cenapred (1994). Reflexiones sobre las inundaciones en México. Cuadernos de investigación No. 4. Julio de 1994. Trabajo de Ramón Domínguez Mora, Martín Jiménez Espinosa, Fermín García Jiménez y Marco Antonio Salas Salinas. Sistema Nacional de Protección Civil. Centro Nacional de Prevención de Desastres. Coordinación de Investigación. Área de Riesgos Hidrometeorológicos. https://www.cenapred.gob.mx/es/Publicaciones/archivos/397-4.PDF
CEPAL (2016). La matriz de la desigualdad social en América Latina. Comisión Económica para América Latina. Naciones Unidas. I Reunión de la Mesa Directiva de la Conferencia Regional sobre Desarrollo Social de América Latina y el Caribe. Santo Domingo. 1 de noviembre de 2016. https://www.cepal.org/sites/default/files/events/files/matriz_de_la_desigualdad.pdf
Congreso del estado de Baja California Sur (2026a). Se declara el año 2026 “En honor a las víctimas, al heroísmo anónimo y sobrevivientes del huracán Liza”. Boletín número 138, mayo 14 de 2026. https://www.cbcs.gob.mx/index.php/boletines-2026/9158-se-declara-el-ano-2026-en-honor-a-las-victimas-al-heroismo-anonimo-y-sobrevivientes-del-huracan-liza
Congreso del estado de Baja California Sur (2026b). Impulsa el diputado Erick Agúndez homenaje legislativo por el “Ciclón Liza”. Boletín número 145, mayo 19 de 2026. https://www.cbcs.gob.mx/index.php/boletines-2026/9166-impulsa-el-diputado-erick-agundez-homenaje-legislativo-por-el-ciclon-liza
Frausto-Martínez, O., Martínez-Méndez, A., Salinas-Vargas A. y Aguilar-Becerra C. C. (2024). Conmemoraciones de catástrofes: acciones posdesastre ante fenómenos hidrometeorológicos extremos. En: Frausto-Martínez, O., Pérez-Gutiérrez, R. y Morales-Hernández, J.L. (Coordinadores). Curva de aprendizaje en la gestión miltidimensional del riesgo. Universidad Autónoma de Guerrero-REDESCLIM.
Rodríguez, J. (2023). Una teoría de la discriminación. Universidad Autónoma Metropolitana. Red de Investigación sobre Discriminación. Biblioteca de Signos. https://divcsh.izt.uam.mx/cefilibe/wp-content/uploads/2023/07/Una_teoria_discriminacion.pdf
Villanueva, E. (2024a). Huracanes, catástrofes y justificaciones: lo extraordinario como argumento político en el manejo y recuperación del desastre. En: Frausto - Martínez, O., Aguilar Becerra, C. D., Morales-Hernández, J. C., Villaseñor – Franco, A. y Pérez – Gutiérrez, R., (Coordinadores) (2024). Resiliencia ante el huracán Otis en Guerrero: lecciones aprendidas en la gestión del desastre en Acapulco y comunidades vecinas. Universidad Autónoma de Guerrero, México. https://surl.lt/czzxct
Villanueva, E. (2025). El ciclón Liza. Tres siglos en la Historia de un pueblo marcado por tormentas y desastres. Archivo Histórico Pablo L. Martínez, Instituto Sudcaliforniano de Cultura del Gobierno de Baja California Sur.
Villanueva. E. (2024b). Ciclones, desastres, olvidos, capital social y calidad democrática. Tlamati Sabiduría 18, pp. 178-186. UAGro. https://tlamati.uagro.mx/images/Archivos/Tlamati_Vol_18_2024/Villanueva-Gonzalez_2024.pdf
Profesor, historiador, escritor, periodista, defensor de Derechos Humanos y de la Naturaleza y promotor de la Cultura de Paz. Licenciado en Lengua y Literatura, maestro en Historia Regional, doctor en Historia Ambiental y posdoctorado en Cambio Climático. Integrante de la Academia Mexicana de Impacto Ambiental, el Colegio Mexicano de Profesionales en Gestión de Riesgos y Protección Civil, la Red de Estudios de Desastres Asociados con Fenómenos Hidrometeorológicos y Cambio Climático y la Red de Investigación para el Fortalecimiento de la Resiliencia y la Gestión de Riesgos de Desastres en el estado de Guerrero. Docente en la Facultad de Comunicación y Mercadotecnia de la Universidad Autónoma de Guerrero y en la Universidad Internacional de La Paz. Autor de correspondencia. Dirección de correo electrónico: 14203@uagro.mx
Integrantes del Instituto de Investigaciones Jurídicas y del Cuerpo Académico 217 Democracia y Sociedad, de la Universidad Autónoma de Guerrero, profesores e investigadores de la UAGro especializados en temas de equidad de género, justicia laboral, derechos humanos, atención a grupos vulnerables, violencias estructurales, historia ambiental, capital social y calidad democrática.